miércoles, octubre 04, 2006

E.M. Cioran: Absurdo y lucidez


Por Ignacio García

Conocido entre sus lectores como “el filósofo de la zozobra”, Emile Cioran hizo honor a ese apelativo. El escritor de origen rumano nos ha dejado un puñado de escritos que literalmente vapulean el espíritu no avezado en encontrarse a sí mismo entre las mandíbulas de un mundo absurdo. Porque para Cioran el universo que le toca vivir no es sino el producto de un dios idota, de un “aciago demiurgo”. La tarjeta de presentación de Cioran es este grito desgarrador nacido del corazón mismo de esa incomprensión existencial:

“¿De qué somos culpables, sino de haber seguido, más o menos servilmente, el ejemplo del creador? La fatalidad que fue suya, la reconocemos sin duda en nosotros: por algo hemos salido de las manos de un dios desdichado y malo, de un dios maldito”.

A lo largo de una bibliografía cargada de lucidez –y que va desde Breviarios de podredumbre, hasta De lágrimas y santos, El aciago Demiurgo, Del inconveniente de haber nacido, Contra la historia y otros textos no menos brillantes—Cioran hará uso de una inteligencia poco común para enfrentar aquel absurdo. Si Albert Camus recurre a la rebelión del espíritu para “quitarse la muerte” ante la absurdidad de la vida, Cioran recurre a la ironía, al desparpajo ante la vida: “Hay noches en las que el porvenir queda abolido, en las que de todos sus instantes sólo subsiste aquel que elegiremos para dejar de ser”. Y también dirá:

“El suicidio es una realización brusca, una liberación fulgurante: es el Nirvana por la violencia”.

Cioran no deja reductos en sus escritos: obliga a su lector o a hermanarse con él y sus ideas, o al desprecio total de lo que escribe. En este acto dual, el escritor hace gala (ya se ha dicho) de una lucidez exacerbada: sabe que su mente prodigiosa le es necesaria para realizar esa “única función de la memoria” que es “ayudarnos a deplorar”.

Bajo este tenor de desprecio a una vida fatua, ésta va a corresponder a Cioran con creces. En esa región preferida por el filósofo para dilucidar acerca de la realidad –es decir, en su mente—se instala el mal de Alzheimer, una enfermedad degenerativa que (como es sabido) afecta al cerebro y origina un deterioro gradual y progresivo de la memoria, la percepción del tiempo y el espacio, el lenguaje y, finalmente, la capacidad de cuidar de uno mismo. Aquel “inconveniente de haber nacido” encarna de forma absurda en una mente madura y deslumbrante a una edad en la que aún sobra tiempo para fustigar la existencia; todos los aforismos lapidarios de Cioran se hacen ahora carne en él de forma progresiva. Alguna vez él dijo en una de sus páginas: “«Desde que estoy en el mundo», ese desde me parece cargado de un significado tan espantoso, que se torna insoportable”.

Con la enfermedad lo insoportable se vuelve olvido, Cioran (como los otros en su situación) tiene problemas relativamente leves para asimilar conocimientos nuevos y para recordar dónde han dejado objetos de uso común, como libros y apuntes o su colección de fotografías rumanas. Ya no sabe si acaba de escribir estos últimos fragmentos, si son de él o si acaso los pergeño otro en él mismo…Y lo que escribe ya no posee coherencia, y las palabras (antes explosivas) carecen ahora de significado. Por paradójico que parezca, el escritor se ha acercado demasiado a ese antiguo intento por conocer el corazón del absurdo: ahora lo vive, lo palpa, lo abraza, todo de manera bilateral y literal.

Un día, al volver de un paseo de un jardín francés, Cioran se extravía y va a dar a un museo de antropología antes visitado por él pero que ahora le parece totalmente desconocido. El parte de policía lo describe como un ser irritable y retraído, lleno de miedo y frustración, incapaz de mantener una conversación normal, decir dónde vive, y de presentar un estado paranoide y delirante durante el tiempo de espera. Se dice que aquella tarde lluviosa el filósofo de la zozobra tuvo un momento de lucidez y garabateó una líneas en un papel arrugado, mismas que un poco después entregó a la policía como pista de su dirección actual.

Decía la nota:

“Monmatrè 16…Yo era Cioran…Sí, lo era… ¿O lo soy? ¡Vaya insistencia la mía! Es imposible saber por qué una idea se apodera de nosotros para no dejarnos ya. Se dirá que surge del punto más débil de nuestro espíritu, o, más precisamente del punto más amenazado de nuestro cerebro”.

La policía jamás supo a que se refería el escrito; Cioran sí... lo sabía desde un principio.